Muchos me preguntan cómo hago para que mis equipos tengan un nivel mínimo de roces, y para que métricas como performance y colaboración terminen siendo naturalmente más altas que en otros equipos.
Lograr esos números es un éxito que vale la pena festejar, y es fruto del trabajo del día a día. Pero hay un aspecto que me parece esencial destacar, en base a experiencias propias, y que es justo lo que me llevó a reflexionar y confirmar en la realidad cómo se genera la confianza de verdad en un equipo.
Después de la pandemia quedó instalada una comodidad nueva: resolver todo por videollamada, evitar el viaje cuando se puede, quedarse en casa. Tiene sentido, es más cómodo y más barato en el corto plazo. Hace unas semanas volví de una serie de reuniones presenciales importantes con más convicción de la que esperaba: esa comodidad tiene un costo que no se ve enseguida.
No hay videollamada que reemplace estar en la misma oficina. Compartir el mismo almuerzo, leer el lenguaje corporal, la actitud de alguien cuando algo no le cierra, hasta cómo se para o cómo se mueve en una sala, generan un vínculo que después sobrevive perfectamente en remoto, pero que es muy difícil construir arrancando en remoto.
Y esto no es una garantía automática de que todo va a funcionar mejor. A veces pasa lo contrario: estar ahí es lo que te permite darte cuenta de que la colaboración no fluye por algo más de fondo. Hay veces que dos o más personas, por mejor voluntad que tengan, simplemente no arman un buen equipo, por más que se fuerce. Ese tipo de cosas también conviene detectarlas de cerca, no solo cuando todo va bien.
No es la primera vez que lo hago. Más de una vez pagué yo mismo el pasaje para ir a conocer a mi equipo en persona, sin que nadie me lo pidiera. Se lo digo seguido a la gente a la que acompaño en su carrera: la tecnología te permite sostener una relación de trabajo a distancia, pero no te la regala de entrada. Cuando conocés a alguien en persona, un pedido de ayuda deja de ser un mensaje en un canal. Es un pedido de alguien con quien compartiste una comida.
Insisto seguido con esto puertas adentro: es una inversión intangible que la mayoría de las organizaciones subestima, justamente porque no aparece en ningún KPI de corto plazo.
Ahora mismo estoy en la misma lógica con un cliente que está armando un negocio de pagos digitales. Un socio comercial extranjero, con el que vamos a necesitar mucha colaboración técnica para una integración clave, va a estar de visita, y voy a viajar por mi cuenta para compartir un día con él antes de que arranque el trabajo pesado. No porque haga falta para la parte técnica en sí. Porque la confianza que se construye ese día es la que después sostiene toda la integración cuando aparece el primer problema difícil.
Nada de esto es un argumento contra el trabajo remoto. Es un recordatorio de que hay una inversión que la comodidad no reemplaza, y que vale la pena hacerla, literalmente, cuando la relación lo amerita.